miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los Insolados - Crítica







Cuando la tragedia es un placer. Hernán Morán junto a María Urtubey dirigen esta obra en base a los cuentos del uruguayo Horacio Quiroga. Crítica de Tamara Nabel.





Una casa en de madera en medio de la selva misionera. La naturaleza implacable amenaza constantemente la vida de aquellos que deciden instalarse en el norte. Animales, calor, indiada… un contexto extraño para Alicia que antes de casada vivía en la ciudad.La historia es la de una familia sumida por la tragedia. Alicia, la esposa del dueño de casa, es víctima de una extraña enfermedad que le genera pesadillas y alucinaciones. Su muerte es inminente. Jordán intenta pelear con la certeza de perderla, pero mientras espera lo inevitable se embarca en jornadas interminables de trabajo. En este contexto Berta, la prima hermana de Alicia, acompañada por su marido, llegan para hacer una pequeña visita guiados por una corazonada. Finalmente estos se enteran que sus dos hijos menores contrajeron una misteriosa enfermedad que los dejará “estúpidos” al igual que los dos mayores. Los personajes secundarios, excluidos, sucios, y sumidos en la más patética miseria coronan una historia sin final feliz.

El elenco es numeroso y las interpretaciones sólidas y comprometidas. Se destacan sobre todo Lola Borgia, Adriana Pegliasco y Andrés Giardello (Quien hizo el reemplazo de Marcelo Martín) haciendo un trabajo impecable en su interpretación de Jordán.

La dirección, a cargo de Hernán Morán y María Urtubey, es la pieza maestra que permite ver esta bellísima creación en su forma final. Se nota sobre todo en la explotación del recurso escenográfico, en la cadencia de las escenas y en la integración de un violinista en vivo que genera un clima extraño, peligroso e incómodo recreando la sensación quiroguesca de vivir tan cerca de la naturaleza. 

El vestuario y la utilería están muy bien logrados, hay un visible trabajo de investigación a cerca de las costumbres de la época, y están cuidados los detalles hasta el punto de que el zorro que se caza pertenece a una raza que vive justamente en Misiones. Aplaudo la dedicación y el nivel de detalle en la puesta porque ayudan a la verosimilitud de una historia casi increíble de tan trágica.


 


Tamara Nabel
tamara (a) geoteatral.com.ar

miércoles, 26 de octubre de 2011

Ultimas cinco funciones de este año.

A partir del este sábado 29/10 retomamos nuestras funciones. Los esperamos, como siempre, a las 20hs. en el Teatro Beckett, Guardia Vieja 3556. Las reservas pueden realizarlas aquí mismo en el gadget de Alternativa Teatral. Los esperamos!

jueves, 20 de octubre de 2011

ATENCION!

Por causas de fuerza mayor el sábado 22/10 NO hay función, retomaremos las mismas a partir del 29/10

martes, 4 de octubre de 2011

También la luz es un abismo


Los insolados de Hernán Morán. Sobre textos de Horario Quiroga.
Dirigida por Hernán Morán y María Urtubey.


x Martín Villagarcía y Sol Echevarría


Los insolados de Hernán Morán es una obra acechada constantemente por el fantasma de Horacio Quiroga. Los cuentos del escritor uruguayo se evocan uno atrás del otro en la trama (“La gallina degollada”, “El almohadón de plumas”, principalmente, pero también “La insolación”, etc.), sin llegar nunca a ser relatados del todo. Funcionan más bien como inspiradores de una historia mayor, musas que susurran la inminente muerte de Alicia y sus secuelas en la vida familiar.

El punto de partida de la obra es la llegada del matrimonio conformado por Berta, prima de Alicia, y Mazzini al monte donde Jordán mantiene recluida a su mujer enferma, junto a su hermano menor y a los criados. La llegada de los forasteros provenientes de la ciudad instala la dicotomía que dicta los conflictos de la obra. El campo es el escenario del calor, de la enfermedad, la superstición, el salvajismo y la perversión, mientras que la ciudad (ya demasiado lejos del horizonte de los habitantes de la casa en la que transcurre la obra) es el espacio del confort, la salud, la ciencia, los buenos modales y la ética. Este fenómeno está reforzado por la instancia temporal en que se instala la obra, que es en la línea borrosa que divide el siglo XIX del XX, donde la modernidad y la vida casi colonial todavía conviven. Esto puede pensarse a partir de un personaje como el del hermano menor de Jordán, cuya forma de vida (la del escritor) tambalea entre la profesionalización y la bohemia.

Al mismo tiempo, el calor de Diciembre no permite la posibilidad de una resolución. Por el contrario, sustentado por la cruda desolación del paisaje, resulta tan opresivo que arrastra a todos a los delirios y al terror de la fiebre. Todo el tiempo, esos estados afiebrados se confunden con la muerte, en tanto el cuerpo se vuelve, cada vez más, cadáver.

Como en los cuentos de Quiroga, los personajes emergen del territorio, pero lo modifican, ambos se determinan mutuamente. Hay una experiencia límite del ambiente en el desterrado, que lo lleva a vivir una vida intensa -definida en el límite por el peligro de muerte- que es el producto del encuentro entre ambos. La zona de frontera no sólo una frontera entre dos países, sino una frontera entre dos mundos. Es una zona que definitivamente no es urbana, pero contiene elementos que provienen de la ciudad. En esta obra, junto con los nativos, están estos personajes que provienen de un escenario urbano.

En contraste, el escenario donde les toca vivir en la selva es rústico. Por ello la escenografía, si bien sencilla, es muy significativa. Se trata de una tarima construida con maderas que se desplaza de escena en escena, o incluso en la mitad de una. El resto del espacio está vacío, o poblado apenas por un banco y una escalera con ramas que hace de árbol. La tarima, entonces, ocupa un pequeño porcentaje de la escenografía y permite ver a través suyo y hacia los costados, según donde se la ubique. También, al rotar, deja que lo que sucede arriba sea percibido desde distintos ángulos. Esta estructura enfatiza la precariedad y falta de intimidad en el ambiente de la selva, así como evidencia el artificio de la puesta teatral, que carece de intentos realistas.

Otro de los elementos que modifica la percepción de los sucesos dentro de cada escena es la musicalización, a cargo de Juan Bisso, quien toca el violín en vivo. La música aparece como leit motiv en los momentos de locura de una de las protagonistas femeninas. Estos episodios son acompañados también por un cambio de iluminación que, al acentuar las sombras y generar focos de luz, crea un efecto dramático.

Acá se ve también cómo el pasado sigue rigiendo a los personajes, que nunca consiguen dejarlo atrás del todo. Pero la región, tal como está planteada es un lugar de fracaso de la cual no hay salida o sí, pero es la muerte. Porque cuando la geografía se les impone, los conduce hacia ese último límite, definitivo.

En Los insolados, Hernán Morán vuelve sobre algunos de los temas que guían su poética; por ejemplo la recurrencia a espacios no-urbanos, alejados de la velocidad del presente e instalados en la lejanía del interior, o también la insistencia sobre personajes privados de algún sentido, dos elementos que pudieron verse también su obra anterior,Urdinarrain.




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sábado, 1 de octubre de 2011

Comentario - Silvina Gruppo



Los insolados resuelve un interrogante: ¿se puede ser fiel y audaz al mismo tiempo? En la obra están presentes tanto Quiroga como sus cuentos, su clima, los mosquitos, esa opresión en el pecho, la pobreza exuberante y la crueldad. Pero quien haya leído no va a encontrarse con una simple puesta en escena de los cuentos, sino que acá las historias se tejen entre sí para formar una trama distinta, una red de conexiones sugerentes que, de ahora en más, parece ineludible.


Sin falsearlos, se retoman los cuentos de amor, de locura y de muerte, es cierto, aunque desde una perspectiva que los cuentos nunca habían narrado. Morán, Urtubey y su elenco abren una hendija para que el espectador pueda espiar un tiempo previo a lo que pasó en algún cuento, a lo que va a pasar después de otro o, mejor, a lo que podría haber pasado en el cruce imposible de las historias. Llenan su apuesta de voz, de cuerpo y hasta de un silencio que, paradójicamente, logra frondosas descripciones.