jueves, 20 de octubre de 2011
ATENCION!
Por causas de fuerza mayor el sábado 22/10 NO hay función, retomaremos las mismas a partir del 29/10
jueves, 13 de octubre de 2011
martes, 4 de octubre de 2011
También la luz es un abismo
Los insolados de Hernán Morán. Sobre textos de Horario Quiroga.
Dirigida por Hernán Morán y María Urtubey.
x Martín Villagarcía y Sol Echevarría
Los insolados de Hernán Morán es una obra acechada constantemente por el fantasma de Horacio Quiroga. Los cuentos del escritor uruguayo se evocan uno atrás del otro en la trama (“La gallina degollada”, “El almohadón de plumas”, principalmente, pero también “La insolación”, etc.), sin llegar nunca a ser relatados del todo. Funcionan más bien como inspiradores de una historia mayor, musas que susurran la inminente muerte de Alicia y sus secuelas en la vida familiar.
El punto de partida de la obra es la llegada del matrimonio conformado por Berta, prima de Alicia, y Mazzini al monte donde Jordán mantiene recluida a su mujer enferma, junto a su hermano menor y a los criados. La llegada de los forasteros provenientes de la ciudad instala la dicotomía que dicta los conflictos de la obra. El campo es el escenario del calor, de la enfermedad, la superstición, el salvajismo y la perversión, mientras que la ciudad (ya demasiado lejos del horizonte de los habitantes de la casa en la que transcurre la obra) es el espacio del confort, la salud, la ciencia, los buenos modales y la ética. Este fenómeno está reforzado por la instancia temporal en que se instala la obra, que es en la línea borrosa que divide el siglo XIX del XX, donde la modernidad y la vida casi colonial todavía conviven. Esto puede pensarse a partir de un personaje como el del hermano menor de Jordán, cuya forma de vida (la del escritor) tambalea entre la profesionalización y la bohemia.
Al mismo tiempo, el calor de Diciembre no permite la posibilidad de una resolución. Por el contrario, sustentado por la cruda desolación del paisaje, resulta tan opresivo que arrastra a todos a los delirios y al terror de la fiebre. Todo el tiempo, esos estados afiebrados se confunden con la muerte, en tanto el cuerpo se vuelve, cada vez más, cadáver.
Como en los cuentos de Quiroga, los personajes emergen del territorio, pero lo modifican, ambos se determinan mutuamente. Hay una experiencia límite del ambiente en el desterrado, que lo lleva a vivir una vida intensa -definida en el límite por el peligro de muerte- que es el producto del encuentro entre ambos. La zona de frontera no sólo una frontera entre dos países, sino una frontera entre dos mundos. Es una zona que definitivamente no es urbana, pero contiene elementos que provienen de la ciudad. En esta obra, junto con los nativos, están estos personajes que provienen de un escenario urbano.
En contraste, el escenario donde les toca vivir en la selva es rústico. Por ello la escenografía, si bien sencilla, es muy significativa. Se trata de una tarima construida con maderas que se desplaza de escena en escena, o incluso en la mitad de una. El resto del espacio está vacío, o poblado apenas por un banco y una escalera con ramas que hace de árbol. La tarima, entonces, ocupa un pequeño porcentaje de la escenografía y permite ver a través suyo y hacia los costados, según donde se la ubique. También, al rotar, deja que lo que sucede arriba sea percibido desde distintos ángulos. Esta estructura enfatiza la precariedad y falta de intimidad en el ambiente de la selva, así como evidencia el artificio de la puesta teatral, que carece de intentos realistas.
Otro de los elementos que modifica la percepción de los sucesos dentro de cada escena es la musicalización, a cargo de Juan Bisso, quien toca el violín en vivo. La música aparece como leit motiv en los momentos de locura de una de las protagonistas femeninas. Estos episodios son acompañados también por un cambio de iluminación que, al acentuar las sombras y generar focos de luz, crea un efecto dramático.
Acá se ve también cómo el pasado sigue rigiendo a los personajes, que nunca consiguen dejarlo atrás del todo. Pero la región, tal como está planteada es un lugar de fracaso de la cual no hay salida o sí, pero es la muerte. Porque cuando la geografía se les impone, los conduce hacia ese último límite, definitivo.
En Los insolados, Hernán Morán vuelve sobre algunos de los temas que guían su poética; por ejemplo la recurrencia a espacios no-urbanos, alejados de la velocidad del presente e instalados en la lejanía del interior, o también la insistencia sobre personajes privados de algún sentido, dos elementos que pudieron verse también su obra anterior,Urdinarrain.
El punto de partida de la obra es la llegada del matrimonio conformado por Berta, prima de Alicia, y Mazzini al monte donde Jordán mantiene recluida a su mujer enferma, junto a su hermano menor y a los criados. La llegada de los forasteros provenientes de la ciudad instala la dicotomía que dicta los conflictos de la obra. El campo es el escenario del calor, de la enfermedad, la superstición, el salvajismo y la perversión, mientras que la ciudad (ya demasiado lejos del horizonte de los habitantes de la casa en la que transcurre la obra) es el espacio del confort, la salud, la ciencia, los buenos modales y la ética. Este fenómeno está reforzado por la instancia temporal en que se instala la obra, que es en la línea borrosa que divide el siglo XIX del XX, donde la modernidad y la vida casi colonial todavía conviven. Esto puede pensarse a partir de un personaje como el del hermano menor de Jordán, cuya forma de vida (la del escritor) tambalea entre la profesionalización y la bohemia.
Al mismo tiempo, el calor de Diciembre no permite la posibilidad de una resolución. Por el contrario, sustentado por la cruda desolación del paisaje, resulta tan opresivo que arrastra a todos a los delirios y al terror de la fiebre. Todo el tiempo, esos estados afiebrados se confunden con la muerte, en tanto el cuerpo se vuelve, cada vez más, cadáver.
Como en los cuentos de Quiroga, los personajes emergen del territorio, pero lo modifican, ambos se determinan mutuamente. Hay una experiencia límite del ambiente en el desterrado, que lo lleva a vivir una vida intensa -definida en el límite por el peligro de muerte- que es el producto del encuentro entre ambos. La zona de frontera no sólo una frontera entre dos países, sino una frontera entre dos mundos. Es una zona que definitivamente no es urbana, pero contiene elementos que provienen de la ciudad. En esta obra, junto con los nativos, están estos personajes que provienen de un escenario urbano.
En contraste, el escenario donde les toca vivir en la selva es rústico. Por ello la escenografía, si bien sencilla, es muy significativa. Se trata de una tarima construida con maderas que se desplaza de escena en escena, o incluso en la mitad de una. El resto del espacio está vacío, o poblado apenas por un banco y una escalera con ramas que hace de árbol. La tarima, entonces, ocupa un pequeño porcentaje de la escenografía y permite ver a través suyo y hacia los costados, según donde se la ubique. También, al rotar, deja que lo que sucede arriba sea percibido desde distintos ángulos. Esta estructura enfatiza la precariedad y falta de intimidad en el ambiente de la selva, así como evidencia el artificio de la puesta teatral, que carece de intentos realistas.
Otro de los elementos que modifica la percepción de los sucesos dentro de cada escena es la musicalización, a cargo de Juan Bisso, quien toca el violín en vivo. La música aparece como leit motiv en los momentos de locura de una de las protagonistas femeninas. Estos episodios son acompañados también por un cambio de iluminación que, al acentuar las sombras y generar focos de luz, crea un efecto dramático.
Acá se ve también cómo el pasado sigue rigiendo a los personajes, que nunca consiguen dejarlo atrás del todo. Pero la región, tal como está planteada es un lugar de fracaso de la cual no hay salida o sí, pero es la muerte. Porque cuando la geografía se les impone, los conduce hacia ese último límite, definitivo.
En Los insolados, Hernán Morán vuelve sobre algunos de los temas que guían su poética; por ejemplo la recurrencia a espacios no-urbanos, alejados de la velocidad del presente e instalados en la lejanía del interior, o también la insistencia sobre personajes privados de algún sentido, dos elementos que pudieron verse también su obra anterior,Urdinarrain.
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sábado, 1 de octubre de 2011
Comentario - Silvina Gruppo
Los insolados resuelve un interrogante: ¿se puede ser fiel y audaz al mismo tiempo? En la obra están presentes tanto Quiroga como sus cuentos, su clima, los mosquitos, esa opresión en el pecho, la pobreza exuberante y la crueldad. Pero quien haya leído no va a encontrarse con una simple puesta en escena de los cuentos, sino que acá las historias se tejen entre sí para formar una trama distinta, una red de conexiones sugerentes que, de ahora en más, parece ineludible.
Sin falsearlos, se retoman los cuentos de amor, de locura y de muerte, es cierto, aunque desde una perspectiva que los cuentos nunca habían narrado. Morán, Urtubey y su elenco abren una hendija para que el espectador pueda espiar un tiempo previo a lo que pasó en algún cuento, a lo que va a pasar después de otro o, mejor, a lo que podría haber pasado en el cruce imposible de las historias. Llenan su apuesta de voz, de cuerpo y hasta de un silencio que, paradójicamente, logra frondosas descripciones.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Comentario - Submundo Estudios
LOS INSOLADOS de Hernán Morán (primer habitante de Sub-circa2003) es una obra montada no tanto sobre los cuentos de Horacio Quiroga como en el imaginario que este construyó a través de su literatura. Ese es el mérito y también su cruz, porque todos entramos a la representación con elementos propios que queremos ver validados en escena. las actuaciones son muy buenas, la escenografía es poética, el texto tiene una base segura de vocabulario y conflicto, inherente al escritor y también anecdotario reconocible de la vida de Quiroga (tomando cómo puente el libro "La vida brava" de Helena Corbellini) Finalmente LOS INSOLADOS recrea la tensión y el paisaje, no sé resuelve dramáticamente cómo uno espera, pero bien visto también es un mérito y un buen homenaje.
Alejandro Díaz B
Submundo Estudios
jueves, 22 de septiembre de 2011
Comentario - Criticunder
Este estreno de Hernán Morán nos acerca al mundo de Horacio Quiroga. Mediante la adaptación de dos de sus más populares cuentos, “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”, ambas historias se vinculan en un trabajo de compleja producción y dinámico montaje.
Situada en Misiones a principios del siglo pasado, el elenco se zambulle en la tragedia y lo lúgubre de un universo de enfermedad, relaciones familiares desesperanzadas, agobio potenciado por el clima opresivo, y tensión y crispamiento por las distintas circunstancias que los aquejan.
Berta (Adriana Pregliasco) y Mazzini (Sebastián Suñé) hacen un viaje que es una excusa para escapar de dos de sus hijos, condenados por la naturaleza, y del certero presentimiento de que los dos restantes, los mellizos, que llevan dieciocho meses de vida normal, seguirán el mismo recorrido que los dos anteriores. Visitan a la prima de Berta, Alicia (Marcela Arza), que padece una enfermedad cerebral que le provoca delirios, por momentos escenificados por los actores, haciendo al espectador entrar y salir de la cabeza de la pobre y agonizante joven. Su marido Jordán (Marcelo Martín), a cargo de la estancia, intenta resignado que sus tierras den sus frutos, lo que cual no consigue y esto es metáfora de lo inhóspito del ambiente y las relaciones. Fue él quién había decidido llevar a Alicia al aislamiento en esa casa, al cuidado de la fiel Isolda (Lola Borgia), donde también vive de prestado el hermano de Jordán, Esteban (Nacho Ciatti), que subsiste inmerso en una realidad de alcohol y poesía, perdido en su amor por Alicia.
Otro ser que habita esta obra es el hermano de Isolda, Octavio, un jovencito con conductas animalezcas interpretado con arrojo y frescura por Andrés Passeri.
Un personaje que trae mundo exterior es una jóven, Lidia (Lía Bagnoli), que ansía subir un escalón en la sociedad, presionando a Esteban para transformar el vínculo nocturno en diurno, e ingresar a la familia.
Todo está dado como para que la tragedia se desarrolle, y así sucede. Una propuesta arriesgada, tanto por la intensidad de actuación que requiere para que el espectador entre en ese mundo, como por la decisión de recrear la época desde lo estético. El vestuario está bien logrado (Gustavo Alderete y Natalia González para la Polillla Vestuario). Han sido exhaustivos en la investigación y el detalle, gran pilar en la verosimilitud del trabajo.
La casa está montada sobre una plataforma (pequeña en relación a todo lo que sucede en ella, lo cual acentúa el hacinamiento) que al poseer movilidad, es girada por los peones de la estancia (Rodrigo Guzay y Juan Manuel Zuluaga), aportando dinamismo a la puesta en escena, y permitiendo variar el punto de vista sobre los distintos ambientes y personajes que la habitan.
Una buena opción recién salida del horno para adentrarse en los truculentos laberintos quirogueanos.
Criticunder - Los Insolados
Comentario - Detodoslosdias
Hermosa noche de Sábado para ser empezada en el teatro Beckett, en Guardia Vieja 3556.
La excusa, el estreno de Los insolados, de Hernán Morán.
Fue una obra extraña, como si hubiese encontrado algo sin leer de la pluma de mi admirado Horacio Quiroga.
La historia transcurre en Misiones o cernanías…en la proximidad del monte, cerca de un río. Entre sus protagonistas estaban Alicia y Jordán de ‘El almohadón de plumas’, Berta y Mazzini de ‘La gallina degollada’ y algún otro de otros cuentos que hoy no tengo en mente.
Además de su obra, a Leopoldo Lugones siempre le agradecí haberse llevado al señor Quiroga como fotógrafo…siempre sentí que ese viaje provocó lo mejor de su narrativa.
La muerte nunca le perdió el paso, y eso suelo sentir al leer sus obras…la muerte es siempre un ingrediente necesario…como la vida.
Hernán Morán logró transmitirle esa misma tinta a su obra.
Jordán vendió todas sus propiedades y se instaló en el monte con su esposa y cuñado. Pronto Alicia empezó a sentir los síntomas de raras enfermedades que producen fiebre y alucinaciones. Isolda, una mestiza que vive en la casa es quien la alivia, sabiéndose pagando el pasaje al cielo con sus acciones.
Berta y Mazzini, alertados por un presentimiento de Berta, prima de Alicia, llegan a la casa para acompañar a Jordán en sus penurias. En Posadas han dejado a sus hijos mayores, enfermos también de fiebres, y a los pequeños mellizos de 18 meses, sanos aún.
La dirección de la pieza es impecable, lograron transmitir el ritmo cansino, agoviante, que provoca el calor a la hora de la siesta. Todo en ese ámbito transita a ese ritmo y se me contagió. Impecable, claro e inequívoco el cambio de realidad a pesadilla. Colores en las luces, quizás sombras, y todos sabíamos donde estaban.
La superstición y el respeto por la naturaleza como contexto nos deja parados frente a una bella puesta de una bella obra…que espero es asomen a ver al, bello también, teatro Becket.
Apartado especial para la música: un violín ejecutado magistralmente durante toda la obra…muy aplaudido (merecidamente) en el final.
María, revisando libros…quiero volver a leer Cuentos de la selva!!
Detodoslosdias
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